La limosna en la derrota

En el documental The Act of Killing (2012), de Joshua Oppenheimer, los protagonistas son un grupo de asesinos y torturadores que, al servicio de la dictadura militar del general Suharto que se impuso en Indonesia desde 1965 hasta 1998, colaboraron en el asesinato de un millón de personas acusadas de ser comunistas. El protagonista, Anwar Congo, nos conduce a un antiguo centro de detención y hace una demostración de su método para estrangular con un cable, método con el que no sabe a cuántos mató, según sus propias palabras. Congo da la misma explicación en un programa de la televisión pública indonesia después de que la presentadora lo presente con estas palabras: “Anwar Congo y sus amigos desarrollaron un nuevo sistema más eficiente para exterminar comunistas. Un sistema más humano, menos sádico y sin excesiva violencia”. Tras la explicación, el público aplaude. Está compuesto casi exclusivamente por miembros del grupo paramilitar Pemuda Pancasila.

El director, Joshua Oppenhe­imer, ha expresado su convicción de que no estamos tan lejos de Anwar Congo en Occidente: la dictadura militar de Suharto fue, por supuesto, instigada y apoyada por Occidente, como tantas otras. Nuestro nivel de consumo se basa, en mayor o menor medida, en este tipo de regímenes y en una violencia necesaria para mantener una explotación extrema. Quizá el caso más grave actualmente sea el de la República Democrática del Congo, donde se calcula que desde 1996 hasta hoy han sido asesinadas seis millones de personas. Preguntado sobre la significación del hecho de que los asesinos interpreten sus propios crímenes en el documental, Oppenheimer ha declarado que quizá esto ayude a explicar la violencia en el cine y otros medios: puede que necesitemos ver representada la violencia de la que nosotros mismos somos responsables en mayor o menor medida.

Pero quizá la pregunta más inmediata es cómo es posible que los asesinos queden impunes y que puedan vanagloriarse públicamente de sus crímenes. Como dice Slavoj Zizek, “incluso los nazis trataron de ocultar sus crímenes, los campos de exterminio, etc.”. Fraga no apareció en televisión jactándose de los asesinatos de Grimau, Ruano o de los trabajadores de Vitoria en el ‘76, por ejemplo. Sin embargo, Fraga fue enterrado con honores de Estado, en medio de una competición de alabanzas, como el representante de una “transición” modélica, sin depuración, sin justicia y sin memoria, precisamente el modelo para la transición indonesia, entre otras.

No puede escandalizarnos el hecho principal de la impunidad de los asesinos, que compartimos con Indonesia, sino el hecho secundario, derivado del primero y coherente con aquél, de que los asesinos puedan enorgullecerse públicamente de sus crímenes y sean tratados como héroes por ello. Sin duda, este hecho debería ser explicado en términos culturales, pero también políticos. Una explicación a la que no serían ajenos los occidentales y “primermundistas” biempensantes de conciencia tranquila y doble moral. Pero además deberíamos preguntarnos qué es más repugnante: el caso indonesio, en el que la moral es coherente con los hechos, o el español, en el que la moral pública condena el Franquismo pero de hecho éste sigue gozando de una impunidad absoluta. Cada vez más, la izquierda está perdiendo incluso en el terreno de esta doble moral, tan cristiana, que se conforma con la victoria moral, la condena simbólica, la buena conciencia, la limosna.

Fuente: diagonalperiodico

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