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Sean Penn y los mexicanos llorones

Sean Penn y los mexicanos llorones

Aceptémoslo, los mexicanos somos unos llorones cuando se trata de aguantarnos por algo que sería bien visto si lo hiciéramos nosotros. Nos llevamos a veces muy pesado pero cuando alguien se pasa de lanza soltamos la lágrima. Somos capaces de reírnos de la desgracia ajena pero a la primera burla nos sentimos ofendidos y humillados. Sí, somos unos llorones.

La pasada entrega de los Oscars parece que se vio opacada (por lo menos para los mexicanos llorones) por un comentario que no tiene mayor trascendencia echo por Sean Penn quien dijo “Quién le dio una green card a este hijo de puta?” refiriéndose a Iñárritu. El problema es que miles lo tomaron tan literal que se sintieron ofendidos, burlados, asqueados, catalogando el chiste como xenófobo aunque no tenía nada que ver, echo por un actor en cuyo historial figuran amigos como Hugo Chávez y quien además ha trabajado con Iñárritu. Un racista sin lugar a dudas ¿verdad?.

Twitter, la red social de los inteligentes, inmediatamente bombardeó al actor a quien no lo bajaban de racista, intolerante, estúpido, red neck y cualquier otro insulto ocurrente por hacer un chiste. Se sintieron dañados moralmente porque un extranjero (gringo, además) se burlaba de los millones de compatriotas que diariamente trabajan en Estados Unidos. El patriotismo light en su máxima expresión. Una posición donde además se refleja la ignorancia nacional  porque es claro el sarcasmo y es claro que miles no lo entienden, dejándonos en ridículo internacionalmente. Sí, somos tan ignorantes que ni un sarcasmo podemos entender. 

Esos que se sintieron ofendidos quizá también pertenecen a esa clase hipócrita donde gritan “PUTO” en un estadio de fútbol pero lloran cuando una aerolínea se bula de nuestra eliminación mundialista. Son los que le dicen pelele a un presidente pero sacamos las garras cuando critican a nuestro candidato. Son los que insultan y dicen chistes negros por una tragedia, pero nos ofendemos cuando alguien se burla de nuestra condición. Son los que se burlan en la victoria, pero berrean y patalean cuando alguien más nos gana. Son los llorones eternos.

El comentario de Sean Penn no tiene mayor significado que el que miles le han querido dar para generar polémica porque sí. No hay mayor trasfondo en sus palabras. Es la expresión de alguien que así se lleva con sus amigos, como si en el anonimato no hiciéramos lo mismo. Las palabras del actor son malinterpretadas por aquellos que solo quieren polemizar por estupideces. Así de simple. No hay más.

El mismo Iñárritu, quien debería de sentirse ofendido, entendió el chiste y salió en defensa del actor. Los ofendidos son los estúpidos quienes en su resentimiento eterno sólo quieren desatar esa frustración en contra del primero que se pueda. Y en este caso la “víctima” es Sean Penn, a quien seguramente le vale madres lo que opinen esos “hijos de puta” que trabajan en Estados Unidos.

Esos que se sienten ofendidos y agravados, que expresaron su enojo por un comentario que a leguas es un chiste, son los causantes del resentimiento social, porque hacer más grande un asunto donde no hay absolutamente nada, sólo genera que pensemos que el otro es el malo, que el extranjero debe ser eliminado. Se quejan del racista de Penn, pero se vuelven más racistas al no entender un chiste y querer hacer de él una bandera en contra del racismo.

Sí, los mexicanos tenemos la capacidad de burlarnos de nosotros mismos y de los demás, pero no tenemos la capacidad de aceptar una crítica, un chiste o una burla del otro. Sí, los mexicanos somos muy, pero muy llorones.

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