Historias Cortas

Aparqué el auto en un lugar donde recibía la sombra de un árbol. A mi alrededor todos continuaban con su rutina diaria, los automovilistas, desesperados por lo tarde que era para llegar a su destino, un camión que surtía refrescos a una pequeña miscelánea, amas de casa que probablemente se dirigían al mercado a comprar lo que necesitarán para el resto del día.  Un barrendero tomó mi atención de pronto, me quedé mirando la paciencia con que hacía su labor, absorto en sus pensamientos, cuidando minuciosamente de que en cada tramo que barría no quedase señal alguna de hojas secas. ¿Qué estará pasando por su mente? Quizá tendrá algo que lo mantenga inquieto tanto como a mi, y para olvidarlo se empeña en su labor,  quizá está totalmente concentrado en su tarea, y por lo tanto toda atención pertenece a ello, la precisión de sus movimientos era increíble, seguramente yo habría hecho un mal trabajo en su lugar.

Revisé el teléfono celular para ver si había recibido alguna respuesta, cosa ilógica pues éste no había emitido sonido alguno. -Quizá no lo escuché- me excusé absurdamente. Sin embargo lo tuve que comprobar yo mismo. Como era de esperarse, no había recibido nada, la desilusión se apoderó de mi cuerpo, una extraña sensación recorrió todo mi ser. La  melancolía de no saber nada de ella me inquietaba, el tiempo pasa lentamente y yo no tenía idea alguna de como apresurarlo.

Tomé de la parte trasera del auto un libro que estaba leyendo, busqué la página en donde me había quedado, por un rato trate de leer pero simplemente no me concentraba, después de varias páginas en que realmente no había leído nada, decidí que era momento de irme. No tenía ganas de ir a casa, ni de ir al trabajo, ni de nada. Era demasiado temprano. Después de darle tantas vueltas a la situación decidí ir por un café.

En la cafetería, lugar que frecuentaba, me recibieron de buen modo, pedí algo para tomar, me senté en la terraza del lugar, prendí un cigarro dispuesto a observar la calle. -Un poco de música ayudará- pensé, y así fue.  Me encontré sumergido en cada nota musical que escuchaba, podía distinguir cada sonido, cada instrumento, todo pasaba más despacio, una extraña sensación se apoderó de mí, un vaivén de emociones en mi cuerpo revoloteaban de manera extraña, no sabía si se sentía bien o no.

Fui interrumpido por José, quien se encargaba del cuidado de los autos. De baja estatura, con un tono de piel que suelen presentar aquellos que están siempre bajo el baño de los rayos del sol, pelo chino un tanto apocado, llevaba una playera de tirantes, sus dos acompañantes, Max un perro Golden de unos 14 años y Susy una graciosa perra salchicha de 12 años estaban junto a él. Me comenzó a cuestionar sobre algo relacionado con mi auto, yo contestaba a todo lo que me preguntaba. De pronto algo me hizo alzar la mirada, una fuerza extraña. Justo en el semáforo estaba ella, subida en un auto, iba de copiloto, ya no escuchaba lo que me decía José, todo se detuvo a mi alrededor, mi vista así como mis pensamientos sólo recaían en ella. Se llevó un cigarrillo a la boca, lo prendió y dio una profunda bocanada, su mirada estaba perdida, viendo hacia delante sin ver nada. Su rostro expresaba cansancio, apatía, soledad. El auto dio la vuelta y pasó justo frente a mi, lo vi todo  y sin embargo ella no me vio. -Por lo menos ella está bien- Fue lo único que pensé.

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